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  • Historia del café en Etiopía

    Etiopía es la cuna del café arábica. Allí el cafeto crece de forma silvestre en los bosques del suroeste, y allí nació la costumbre de tostar y beber sus semillas. Si hoy bebes café arábica, en algún punto de su genealogía hay una planta etíope.

    Pero Etiopía no es solo el pasado del café. Sigue siendo uno de los grandes productores del mundo y, a diferencia de otros países cafeteros, consume en casa buena parte de lo que cultiva. El café forma parte de la vida diaria, de la hospitalidad y del sustento de muchísimas familias.

    La leyenda de Kaldi

    Cuenta la tradición que un pastor llamado Kaldi vio a sus cabras más activas tras comer unos frutos rojos. La historia es del siglo XVII y seguramente inventada, pero señala bien el lugar.

    El relato se repite en libros y en bolsas de café de medio mundo, y ha acabado formando parte de la identidad del café etíope, aunque los historiadores lo tratan como lo que es: una leyenda.

    Lo que sí está documentado es que el café cruzó pronto el mar Rojo hacia Yemen, donde empezó a cultivarse de forma organizada. Desde los puertos yemeníes llegó a Oriente Medio, después a Europa y, con el tiempo, a las plantaciones de América y Asia que hoy producen la mayor parte del café del mundo.

    El auge de esta codiciada semilla floreció a través de las rutas marítimas que partían del mítico puerto de Moca, en el mar Rojo. Cruzar el angosto estrecho de Bab el-Mandeb y aventurarse en las aguas del océano Índico convertía a los cargamentos de café en presas extraordinarias para piratas, corsarios y navíos mercantes que disputaban el control de las especias, consolidando una red comercial donde la historia naval y el despertar del grano quedaron unidos para siempre.

    El origen en Kaffa y el consumo tradicional

    Mucho antes de que el mundo degustara una taza humeante, las selvas nubosas de la región suroccidental de Kaffa resguardaban estos cafetos primigenios. De hecho, la etimología de la propia palabra «café» halla su raíz más probable en el topónimo de esta provincia boscosa, testimonio perdurable de la cuna geográfica de la especie.

    El consumo original distaba notablemente del ritual líquido que hoy celebramos. Pueblos ancestrales como los oromo descubrieron las extraordinarias propiedades revitalizantes del fruto al recolectar cerezas silvestres maduras, las cuales machacaban y mezclaban con grasa animal o manteca clarificada para formar esferas nutritivas de gran aporte calórico.

    Estas porciones compactas constituían un alimento fundamental para cazadores, guerreros y pastores en largas travesías a pie, garantizando vitalidad sostenida en jornadas extenuantes. Con el paso de los siglos, la preparación evolucionó hacia decocciones de hojas secas y cáscaras fermentadas, delineando el camino hacia la infusión que más tarde cautivaría al planeta entero.

    Un bosque de variedades

    En los bosques etíopes crecen miles de variedades de café que nunca se han catalogado del todo, muchas de ellas silvestres. Por eso en las bolsas suele aparecer la etiqueta «variedades autóctonas» en lugar de un nombre concreto. Esa diversidad explica que los cafés etíopes sean tan distintos entre sí, incluso dentro de una misma región.

    Un tesoro genético

    El arábica que se cultiva hoy en todo el mundo procede de un número pequeño de plantas que salieron de la región hace siglos. Por eso las variedades comerciales se parecen tanto genéticamente entre sí, y por eso las poblaciones silvestres de Etiopía tienen tanto valor para la investigación y para el futuro del cultivo.

    Cómo se cultiva

    Gran parte del café etíope procede de pequeños productores que cultivan unas pocas plantas junto a sus casas o en zonas de bosque. Las cerezas se llevan a estaciones de lavado o se secan enteras al sol en camas elevadas. De ahí salen los dos grandes perfiles: los lavados, limpios y florales, y los naturales, dulces y afrutados.

    La ceremonia del café

    En muchas casas etíopes, la ceremonia cobra vida bajo la atenta mirada de la mujer de la casa, anfitriona y guardiana de esta tradición ancestral. Tras lavar meticulosamente los granos con agua limpia, se tuestan a fuego lento en una sartén de hierro; el punto del tueste se decide a ojo y a nariz, y la infusión final se sirve ceremonialmente en pequeñas tazas de cerámica sin asa, conocidas como cini o sini, a lo largo de tres rondas llenas de significado.

    Los granos verdes se lavan, se tuestan hasta que brillan y humean, se muelen a mano en un mortero y se hierven en una jarra de barro llamada jebena. Antes de servir, quien prepara el café pasa la sartén con los granos recién tostados entre los invitados para que disfruten del aroma.

    • Abol: la primera ronda, la más intensa.
    • Tona: la segunda, algo más suave.
    • Baraka: la tercera, que se considera una bendición.

    La ceremonia puede durar más de una hora. No es una forma de tomar café con prisa, sino de reunirse y conversar, y rechazar la invitación se considera poco cortés. A menudo se acompaña de incienso y de algo para picar, como palomitas o pan.

    Regiones y perfiles

    • Yirgacheffe: floral y cítrico.
    • Sidamo: afrutado y dulce.
    • Harrar: natural, con notas de arándano.

    Harrar, en el este, es una de las zonas con más tradición de café natural, secado al sol con el fruto entero. Yirgacheffe, en cambio, se hizo famosa por sus lavados, tan limpios y aromáticos que muchos catadores los toman como referencia de café floral.

    A estas se suman otras zonas como Guji, Limu o Jimma, cada una con sus matices. Los nombres que ves en las bolsas se refieren a la región y, cada vez más, a la estación de lavado o al productor concreto, algo que ayuda mucho a la hora de elegir café de especialidad con trazabilidad real.

    Hoy muchos tostadores de café de especialidad venden cafés de Yirgacheffe en tueste claro, que es como mejor se aprecia su perfil.

    Impacto del cambio climático y preservación del café silvestre

    El equilibrio milenario que sustenta a los bosques de niebla de Etiopía afronta hoy desafíos sin precedentes. El incremento progresivo de las temperaturas medias y los patrones erráticos de precipitaciones amenazan con reducir significativamente las áreas climáticamente aptas para el cafeto arábica silvestre, alterando la frágil ecología que ha cobijado estas especies durante milenios.

    La importancia de estos santuarios naturales trasciende las fronteras locales, ya que las poblaciones silvestres albergan una reserva genética irremplazable frente a plagas, sequías y enfermedades. Sin este banco genético vivo, la resiliencia de la caficultura global quedaría profundamente desprotegida ante contingencias ambientales futuras.

    Para mitigar esta vulnerabilidad, diversas iniciativas internacionales y comunidades locales lideran programas de reserva de biosfera y cultivo bajo sombra forestal. Mediante la protección activa del dosel arbóreo y la catalogación de variedades endémicas, se salvaguarda un legado botánico insustituible que nutre el porvenir de toda la especie.

    Cómo prepararlos en casa

    Los cafés etíopes lucen especialmente en métodos de filtro como la V60, que resaltan su acidez y sus notas florales. Cuida también el agua: con una muy dura, esos matices se apagan. Muele justo antes de preparar y ajusta la molienda un punto más gruesa si notas astringencia.

    Un natural etíope da además muy buen resultado en cold brew, con notas de fruta roja, y en la prensa francesa gana cuerpo aunque pierda algo de definición. Prueba el mismo café en dos métodos distintos: es la mejor forma de entender qué aporta cada uno.

    Para potenciar estas características en métodos de vertido, se sugiere emplear una molienda media-fina a media, con un ratio agua-café de 1:16 (unos 15 gramos de café por cada 240 gramos de agua) y mantener la temperatura del agua entre 90 y 93 ºC. Esta combinación térmica y de flujo facilita una extracción balanceada que despliega plenamente su vibrante acidez cítrica y sus delicados perfumes florales.